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joseluisurrutia.com

Antonio Carlos Cabrera es un músico e informático canario que, por uno de esos felices caprichos que a veces tiene el destino, recaló hace casi dos años en Bilbao y al que tuve la suerte de conocer de cerca.

Su faceta de músico fue fundamental para que el grupo de teatro amateur Ugaoko Bidea sacará adelante con dignidad su montaje más complejo: ¿Quién mató a Julián Morales?

Su dominio de la informática, junto a una peculiar manera de enseñar, hizo posible el milagro de que un profano en estas lides como yo sea capaz de gestionar esta web.

En un momento dado, frente a su diaria e imperdonable taza de café y a mi recurrente y recurrido poleo-menta, me confesó sus inquietudes, su consternación, su rabia por el momento social, económico y político que está atravesando su tierra y sus paisanos. El aspecto que más le indigna es la dependencia que el pueblo canario padece para casi todo, por no decir para todo.
Antonio Carlos Cabrera no es un niño (al menos en el DNI), y por ello ha conocido épocas en que Canarias era “otra cosa”. Como él dice y repite: “Una cosa es que cambie el paisaje, y otra bien distinta que cambie la mentalidad”. En sus tiempos de operador turístico pudo conocer desde dentro el mundo de las agencias de viajes, de los tour operadores, del turista extranjero… Esa experiencia confiere un valor añadido a sus opiniones.

Antonio Carlos aboga firmemente por la no-dependencia del pueblo canario (algo muy distinto a la independencia, algo que él siempre deja muy claro). Ese concepto despertó en mi imaginación –en el transcurso de aquella tarde de café y poleo-menta a la que antes aludía- el germen de un relato breve. Se lo comenté, me animó, lo escribí, le gustó, y formó parte de una web a la que en otro momento, dentro de la entrevista que haré al propio Antonio Carlos, haré referencia.
De momento, doy paso a El canario enjaulado.

I

-En esta ventana estarás de maravilla. No pega el sol en toda la tarde y la brisa que llega del mar alivia este bochorno. Nosotros vamos a echar la siesta; tú canta, canta, y deleita a los vecinos de esta urbanización. Los vas a dejar con la boca abierta.

Sin mover ni una sola pluma, el canario observaba atentamente a la mujer que, con la nariz pegada a los finos barrotes de la jaula, le hablaba dejando ver una dentadura desordenada y una lengua carnosa y húmeda.

pc3a1jaro-enjauladoNo entendía lo que decía, pero las sensaciones que aquella voz le transmitían siempre le resultaban agradables y llenaban su amarillo pechito de cosquilleos placenteros. Por ello, cuando la mujer dio media vuelta y salió de la habitación, él saltó hasta el piloncito del agua, bebió un sorbo, se aclaró la garganta y, alcanzando de un brinco el palo a media altura, se dispuso a lanzar al aire cálido de la tarde sus gorjeos.

Antes de hacerlo contempló un instante el paisaje que se extendía ante sus ojos. En primer lugar, bajo la ventana, un jardincito de plantas altas y verdes, unas pocas palmeras y unos setos muy bien cuidados aunque de aspecto un tanto seco. Al fondo, muy al fondo, unas montañas altas, pardas, que parecían soportar con resignación el peso del sol que alumbraba desde lo alto de un cielo luminoso como no había visto ningún otro en su vida. No recordaba haber estado allí con anterioridad. Tampoco le importaba mucho. Lo que él más deseaba era cantar, cantar, cantar, deleitarse con sus propios trinos, con sus gorjeos inimitables, inalcanzables para otros pájaros.

Sus primeras notas afloraron con fuerza, y a medida que fueron sucediéndose comenzaron a adquirir la cadencia que él buscaba. Su garganta de seda se hinchaba y deshinchaba, vibraba estremecida. Al poco tiempo de iniciar su concierto, los perros, gatos, lagartijas, mariposas, insectos varios y aves que pululaban por la urbanización o por sus alrededores, advirtieron los trinos que llegaban desde el alfeizar de la casa de ventanas verdes y, unos más y otros menos, interrumpieron sus quehaceres para prestar atención al inesperado recital.

El canario jamás lo supo, pero al concluir su primera pieza, bajo la ventana de la casa se hallaban congregados más de cuarenta animalillos, deseosos de volver a escucharle. El cantor descendió hasta el piloncito del agua, bebió un sorbo, enjugó de nuevo su garganta y, saltando de nuevo hasta el palo medio de su jaula, tomó aire y emprendió una nueva melodía.

Apenas había empezado cuando sintió un leve golpe en la parte superior de la jaula. Sin dejar de cantar alzó la vista y descubrió dos patitas que sostenían un pequeño cuerpo de plumaje terroso. Se sintió desconcertado, pero no interrumpió su canción. Entre nota y nota ladeaba la cabeza y comprobaba si aquel desconocido seguía allí. Así era, los ojillos de alfiler del extraño espectador le escrutaban fijamente. El visitante no se movió de lo alto de la jaula hasta que el canario terminó la pieza; entonces, en un rapidísimo y breve vuelo, se dejo caer sobre el alféizar.

-Nunca te había visto por aquí –dijo.

El canario le contempló un instante antes de responder.

-Creo que es la primera vez que vengo –contestó finalmente.

-¿De dónde has llegado?

El canario meditó la pregunta.

-¿Cómo que de dónde vengo? ¿Qué quieres decir?

-Pues eso: que de dónde vienes.

-No sé cómo se llama el lugar de donde he venido.

-El nombre me da igual, eso es cosa de los humanos, que ponen nombre a todo lo que pillan. Me refiero a si vienes de las tierras del Norte, o del Sur... Si vienes de tierras de lluvias o de tierras cálidas, del interior o de la costa...

-Donde vivo habitualmente llueve a veces, y otras veces no. También hace frío en ocasiones.

-¿Mucho frío?

-Hummm... sí.

-¿Y cuántos días dura ese frío?

-No tengo ni idea.

-¿Hay mucha diferencia entre el día y la noche?

-No lo sé.

-¿Cómo que no lo sabes? ¿Es que eres tonto o que no te afecta el frío?

-Es que por las noches nunca estoy fuera. En cuanto se pone el sol mi dueña me mete en casa.

La mirada del pequeño visitante se nubló con una nube de tristeza. Asintió levemente con su cabecita y pronunció con voz queda:

-Lo siento. No he tenido tacto.

-¿Qué es lo que sientes? –preguntó el canario.

-Por un momento he olvidado que eres un preso. Perdóname, no te molesto más.

Y saltando al vacío emprendió vuelo hacia los setos del jardín.

-¡Eh, no me molestas! ¡No me importa estar preso, como tú dices!

El pájaro detuvo su vuelo como si hubiese chocado contra una pared, realizó un acrobático giro y regresó a la ventana.

-Creo haber oído mal –dijo nada más posar sus patitas en el alféizar.

-No, es cierto, no me molestas.

-¡Eso es lo de menos! –replicó-. Lo que no he debido oír bien es lo otro, lo de que no te importa estar preso.

-Claro que no me importa, ¿por qué habría de importarme?

Fue tal la súbita inmovilidad del pajarillo que el canario, pasados unos segundos, preguntó con cierto temor:

-¿Estás bien?

La respuesta aún tardó unos instantes en producirse.

-Como si me hubieran dado un perdigonazo en la cabeza –pronunció sin desterrar el asombro de su mirada.

-¿Por qué?

-Me estás gastando una broma, ¿verdad?

-En absoluto. Soy un canario muy serio.

-¿Cómo no puede importarte vivir encarcelado?

-Y dale otra vez con la misma monserga... -protestó el canario-. ¿Es que no tienes otro tema de conversación? Háblame un poco de ti. No es que me importe, pero al menos no me preguntarás otra vez lo mismo. ¿De qué raza eres, cómo te llamas...?

-No tengo nombre, pero los humanos me llaman mosquitero, porque me alimento de mosquitos. Como ves, no se han devanado mucho los sesos. Pero no me cambies de tema: ¿cómo no puede importarte vivir encarcelado?

-¡Pero, ¿quién te ha dicho a ti que yo vivo encarcelado?!

-¡No hace falta que me lo diga nadie! –respondió el mosquitero en el mismo tono airado-. ¡Lo estoy viendo con mis propios ojos!

-¡Pues andas muy mal de la vista! –repuso el canario, y acto seguido se puso a brincar por el interior de la jaula-. Esto no es una cárcel, es mi casa, ¡mi hogar!

-¡Eso es una maldita jaula! –replicó el mosquitero-. ¡Una maldita y diminuta jaula en la que no puedes realizar ni un mínimo vuelo!

El canario se dejó caer hasta la base de la jaula, se aproximó a los barrotes, sacó por entre ellos su pico y dijo lenta y comedidamente:

-¿Y para qué quiero yo volar, eh? ¿Para qué?

-¿Cómo que para qué? –preguntó el mosquitero sin dar crédito a sus oídos-. Eres un pájaro, fuiste creado para volar, ¡tu máxima virtud es volar!

-Será la tuya. Yo nunca he volado y no lo necesito para nada. Me muevo por mi casa cuándo y como quiero. Que quiero subir al palo de arriba... pues subo, mira –y de un sencillo salto se posó en el palo superior-. Que me da la gana bajar a beber agua... pues bajo a beber agua –y brincó hasta el piloncito-. Para volar habrás sido creado tú. Yo nací en esta casa, en esta casa viví con mi madre, y mi padre, desde la suya, me enseñó a cantar. ¿Tú sabes cantar?

-No, no es mi especialidad –respondió con ironía.

-Pues la mía sí –replicó el canario con indisimulada altivez-. ¿Cuál es tu especialidad?

-Cazar mosquitos al vuelo.

-¡Qué emocionante! –río malévolamente el canario.

-Te parecerá una nimiedad, pero ello me permite comer.

-A mí no me hace falta pasarme el día persiguiendo mosquitos por todas partes para alimentarme. Me basta con meter la cabeza en ese abrevadero. Puedo comer hasta hartarme.

El mosquitero dio unos saltitos hasta la cajita de plástico transparente rebosante de pequeños granos.

-Una curiosidad... ¿Qué es eso?

-Esta semana estoy a régimen de alpiste, mijo y trigo. La semana que viene me toca piñones, linaza y girasol. Todas las mañanas me ponen en los barrotes una hojita de lechuga y por las tardes un pedazo de manzana pelada. Y de vez en cuando zanahoria, espinacas, berros y naranjas. Como ves, una dieta surtida.

-Ya... -dijo el mosquitero contemplando la comida.

-No me digas que jamás habías visto trigo, o mijo.

-Sí, muchas veces, pero nunca así, todo mezclado.

-Está muy sabroso. Seguro que si lo pruebas no volverás a comer mosquitos en tu vida. ¿Quieres un poco?

-No, gracias. Por muy sabroso que esté, me sentaría mal.

-¿Por qué?

-Es comida para presos.

El canario no respondió de forma inmediata. Antes de hacerlo observó muy fijamente al mosquitero, movió lentamente la cabeza a izquierda y derecha y finalmente preguntó:

-¿Nunca te han dicho que eres muy cansino?

Con un brillo de furia reprimida en los ojos, el pajarillo replicó a su vez con otra pregunta:

-¿Nunca te han dicho que no hay mejor ciego que el que no quiere ver?

Y antes de que su interlocutor pudiese abrir el pico, añadió:

-Pues si nunca te lo han dicho, te lo digo yo –y lanzándose al vacío, gritó-: ¡Adiós, cantor encarcelado!

El canario quedó con una frase muerta en el pico. Durante unos instantes siguió el vuelo del mosquitero, y cuando éste desapareció entre la espesura del jardín, elevó la vista al cielo, tomó aire, estudió el cansancio de su pecho y de su garganta y decidió entonar una última melodía antes de bajar al abrevadero de plástico a merendar.

II

El incidente con el incómodo mosquitero no privó al canario del sueño ni mucho menos de las ganas de cantar. Es más, por si algún resquemor había quedado en su interior, lo eliminaron de un plumazo todos los animalillos que a la mañana siguiente se congregaron en el jardín en cuanto el cantor amarillo lanzó al aire sus primeros gorjeos. Éste reparó en ellos y sintió henchirse su pecho de una incontrolable satisfacción. Al concluir la pieza miró a su concurrencia, se dio varios paseos de lado a lado de su jaula sobre el palo del medio y, ahuecándose al igual que una bolita de algodón, acometió la segunda melodía.
El enfervorizado público demostraba su entusiasmo brincando los que podían hacerlo, ladrando los que ladraban, maullando los que maullaban, revoloteando los que tenían alas y correteando de un lugar para otro los que habían sido dotados de patitas. Cada nueva interpretación era recibida con alborozo y el intérprete parecía adquirir más potencia y belleza en su trinar. Al finalizar cada canción, efectuaba una teatral reverencia y disfrutaba de los halagos. A punto de entonar una nueva pieza, se vio interrumpido por la súbita presencia del mosquitero.

-Hola –pronunció éste como único saludo.

-¿Vienes a felicitarme? –preguntó el canario con presunción.

-No –respondió sinceramente.

-¿Por qué no? –preguntó ofendido el cantor.

-Porque no te he escuchado. Acabo de llegar de la playa –y con sincera sonrisa añadió-. Pero no dudo de que lo estás haciendo genial.

-Gracias –respondió con gesto de ofensa redimida.

-No hay más que ver a todos ésos ahí abajo y en los árboles. Tienes mucho público.

-Bah –repuso fatuamente-. Estoy acostumbrado.

-¿Sí?

-Sí. La casa de mi ama domina los tejados de las demás casas, y a menudo se arremolinan pájaros en ellos, y en algunos balcones gatos y perros, y me escuchan ensimismados.

-Debe de ser emocionante.

-Mucho.

-¿Ya has desayunado?

-Frugalmente. Ya me hartaré cuando termine mi concierto.

-Está casi vacía la cajita de tu comida –advirtió el mosquitero pegando la cabeza a los barrotes de la jaula.

-Bah –repuso el canario-, enseguida vendrá mi ama y me la llenará.

El mosquitero miró con gesto grave al canario.

-Oye –dijo el primero-, ¿y si a tu ama se le olvida un día echarte comida?

-Nunca se le olvida.

-Bien, pero, ¿y si un día no puede, por un accidente, un problema, un imprevisto?

El canario no supo responder. En sus ojillos destelló una duda.

-Encargaría atenderme a alguno de sus hijos... o a alguna amiga. Seguro.

-¿Y si se muriera de repente? –inquirió el mosquitero, provocando un asomo de ansiedad en el otro.

-Pues... -se enfureció repentinamente-. ¡¿Se puede saber a qué vienen todas estas tonterías?!

-A que te morirías de hambre sin remedio –respondió el mosquitero con tranquilidad.

-¡Como tú si un día no tienes comida!

-Hay una gran diferencia –arguyó.

-¿Sí? –preguntó altivamente el canario-. ¿Cuál?

-Que yo no dependo de otros para comer. Yo me procuro mi alimento.

-¿Y si un día se agotan los mosquitos? ¿Eh? ¿Qué harás? ¡Morirte de hambre, como yo!

-No –replicó el mosquitero sin alterar su tono sereno-. Si un día se agotasen los mosquitos, cosa que dudo porque los tenemos por miles, yo tendría la opción de procurarme otros alimentos: hierbas, frutas, granos de cereal, gusanos... Tú te morirías de hambre y de sed en tu jaula.

Tan contundente fue la última frase del mosquitero, que el canario quedó mudo, mirándole con estupor, con un estupor y un temor nunca antes experimentados.

-Bueno –dijo el mosquitero-, no interrumpo más tu concierto.

Y lanzándose al vacío, se alejó en un vertiginoso vuelo hacia la playa.

III

Su dueña tenía toda la razón cuando le decía que en aquella ventana no pegaba el sol en toda la tarde y que la brisa que llegaba del mar aliviaba el bochorno. Sin embargo, el momento del día que a él más le agradaba era el amanecer, porque en aquel lugar el día rompía con un despliegue de colores que jamás había visto, y porque el aire se despojaba del frío de la noche y llegaba con una frescura impregnada de aromas diversos y dispares. Pero el principal motivo por el que esperaba con ansiedad el nuevo día era porque su dueña le sacaba a la ventana por espacio de dos horas, hasta que el sol se enfadaba y castigaba a la tierra con su fuego implacable. Entonces, era introducido al interior y colgada su jaula de una pared, hasta la tarde. Pero en esas dos horas tenía ocasión de cantar, y al placer de hacerlo se sumaba el de contemplar día tras día cómo su público incondicional se reunía en el jardín y en los árboles para disfrutar y aplaudir su canto, y a este segundo placer se añadía un tercero: ver a la alpispa que, siempre desde la misma rama de aquel sauce frágil y lánguido, le escuchaba ensimismada y le premiaba agitando sin cesar su larga y afilada cola .
Aquella mañana también se encontraba allí, fiel y expectante como el resto de los animalillos. El canario le dedicó una mirada tímida y nerviosa –no en vano era la primera vez en su vida que su pechito se estremecía por algo que no fueran sus propios gorjeos- y luego realizó una reverencia al resto del público. Antes de comenzar, paseó una mirada por el cielo, para cerciorarse de que el incómodo e inoportuno mosquitero no andaba por los alrededores. Después de la mañana en que mantuvieron aquella discusión sobre la comida y la muerte por inanición, se había presentado en dos ocasiones más para amargarle el día censurando su cobardía, su ceguera, su sumisión... hablándole de la libertad, de la autosuficiencia... Pero no, de momento, esa mañana no se le veía revolotear por las alturas. Pudo acabar su concierto sin interrupciones, pero aún duraban los aplausos y los vítores cuando el odiado visitante se presentó, como siempre, de improviso.

-¡Hola! –saludó alegremente-. Maravilloso tu concierto.

El canario le miró sorprendido.

-¿Lo has escuchado?

-Claro. Muchos días lo hago. ¿Qué crees, que a mí no me gusta la buena música?

-Nunca... Nunca te veo en el jardín.

-Porque nunca estoy ahí –respondió con humor-. Prefiero escucharte desde las alturas. Desde el tejado tus trinos suenan... ¡espectaculares!

El canario no supo responder. Observó al mosquitero preguntándose qué se ocultaba detrás de aquella fachada de cortesía.

-¿Te molesta que te halague?

-No... -respondió el cantor-. Es sólo que... no lo esperaba de ti.

-Ya... Esperabas que vendría a reprocharte una vez más tu actitud y a tocarte la moral, ¿verdad?

-Pues... sí.

-No temas. No volveré a hacerlo. Creo que ya te he dicho muchas cosas y muy clarito. En tu mano está el hacerme caso o no, ya eres mayorcito. Al fin y al cabo, lobueno o lo malo de tus actos repercutirán especialmente en ti.

-Especialmente no, únicamente.

-Permíteme que te corrija: tu ejemplo influye en los demás, que es otra forma, indirecta, de repercutir.

-Bobadas.

-Posiblemente –replicó como si esperara la respuesta-. Pero bueno, te dejo, ya te he dicho que no voy a discutir más contigo. Sólo he venido a felicitarte.

-De acuerdo, será mejor para los dos. Y gracias por tus halagos.

-Hasta luego –dijo abriendo las alas y mirando hacia el horizonte-. Me voy a comer algo por ahí. Porque yo, además de poder escoger la comida que me apetezca,puedo escoger el lugar donde comerla, ¿sabías?

Cruzaron mudas y elocuentes miradas.

-Y hoy –añadió un instante antes de emprender el vuelo- me apetece comer en una cañada que hay camino de las montañas. Pega la sombra y se ve el mar. ¡Hasta luego!

El canario, confuso y con un incierto malestar consigo mismo, le siguió con la mirada hasta que el visitante se perdió en el paisaje. Entonces, recordó a su público y clavó la mirada en la rama que ocupaba la alpispa para presenciar sus conciertos. Pero ya no estaba allí.

IV

Siempre había agradecido que su dueña le metiera en casa al caer la noche. Por un lado, la oscuridad del cielo no le gustaba, y por otro, temía que al amparo de ella se acercara alguno de los gatos que merodeaban por los tejados cercanos y se encaprichara de sus carnes. Además, las noches en su residencia habitual no tenían atractivo alguno: eran frías y húmedas durante varios meses y frescas durante otros; y las raras veces en que resultaban calientes lo hacían con un calor pegajoso que no dejaba dormir.
Sin embargo, en la nueva vivienda que ocupaban desde hacía unos días, las noches se presentaban, ya desde la caída del sol, revestidas de un ambiente especial. No llegaba a saber si ello era debido a las luces cambiantes de un cielo que parecía no apagarse nunca del todo, pues se veía adornado por un número incontable de estrellas que, unas fijas como soles, otras parpadeantes, le conferían una luminosidad mágica. Tampoco sabía si se debía a la agradable brisa que llegaba sinuosa, cálida y esparciendo aromas que se le colaban hasta el fondo del pecho. Fuera por lo que fuese, le molestaba ser apartado de la ventana e introducido en el interior de la vivienda. Le molestaba desde la primera noche, pero de una manera especial desde dos noches atrás, porque desde dos noches atrás se juntaban en el jardín cerca de cuarenta pajarillos, que, sin dejar de piar, revoloteaban haciendo cabriolas, picaban el suelo en busca de comida, se subían a las ramas, bajaban, rozaban sus alas... Y entre esos pajarillos se encontraba la alpispa, la saltarina y alegre alpispa que al volar dibujaba una línea blanca en sus alas. La primera de esas noches la observó en silencio, admirando sus ágiles y nerviosos movimientos. Disfrutó contemplándola hasta que un pájaro de plumaje azul y cuerpo regordete se acercó a ella y comenzó a rozar su puntiagudo pico con el suyo. Justo en ese momento sintió elevarse la jaula y oyó la voz de su dueña hablándole. Después llegó el ruido de la ventana al cerrarse y los piares de sus congéneres quedaron ahogados al otro lado del cristal. Se quedó muy quieto, contemplando los muebles envueltos por la penumbra y la figura redonda de la mujer saliendo por la puerta del salón. Esa noche se durmió con una tristeza pegada en el pecho.
La noche del día anterior sucedió lo mismo. A la luz de las estrellas y de la luna se congregaron en el jardín los pajarillos y dieron comienzo a su particular fiesta. La alpispa parecía feliz jugando, piando y volando con aquel galán azul. Bueno, en realidad se la veía dichosa con todos y con todas las demás, incluido el odioso mosquitero que durante bastantes mañanas se había acercado hasta su jaula para machacarle con sus tonterías. En esa ocasión percibió los pasos de su dueña. Le pidió que le dejase un poco más allí, en el alfeizar, pero la buena mujer sólo le dedicó un puñado de mimos y de amables palabras antes de depositar la jaula sobre una mesita y de desearle buenas noches.

V

El día había sido caluroso como ningún otro hasta entonces, y la noche llegó portando en su manto restos de ese calor. La brisa era más cálida que nunca, y los aromas flotaban fortalecidos, intensos, poderosos.
El canario rogó durante toda la tarde por que su dueña se olvidara aquella noche de meterle en casa. La fiesta se presentaba más bulliciosa que nunca, y los deseos de ver a la alpispa, quizá por ese calor que decimos, se veían acrecentados. Su pechito amarillo era golpeado desde dentro por el mazo imparable de su corazón. Su garganta estaba seca, sus patitas le temblequeaban.
La secuencia se repitió al pie de la letra, excepto en que la mujer no cerró la ventana, sino que, para que la madrugada introdujese algo de aire fresco al cargado ambiente de la casa, la dejo simplemente entornada. Lo que en un principio agradó al canario, por poder oír los sonidos de la fiesta, se convirtió más tarde en una insoportable tortura, al imaginarse a la alpispa en aquella marea de piares y no poder ver con quién estaba, ni lo que estaba haciendo. Desesperado, discurrió que podría atraer su atención con sus trinos, así que, brincando hasta el palo superior de la jaula, volvió la cabecita hacia la ventana y expulsó de su pecho un aluvión de sonoros, aunque un tanto desafinados, gorjeos. La única que los oyó y la única que se presentó fue su dueña, quien, por primera vez, le habló a gritos y amenazándole con estrangularle si se le ocurría volver a despertarla. La impresión fue tan grande que, al menos, sirvió para que la fiesta y la alpispa quedaran durante un buen rato eclipsadas.

No supo cuándo se durmió, ni supo desde cuándo aquel impresionante pájaro llevaba de pie, en silencio, ante su jaula; sólo supo que el susto fue descomunal, tanto que se cayó del palo.

-No quería asustarte.

El canario, aún en el suelo, miró con espanto al ave, preguntándose de dónde le saldría aquella voz tan grave.

-¿Te has hecho daño?

-No... -contestó el canario incorporándose lentamente-. ¿Quién eres?

-Un búho. Un simple búho.

-Nunca había visto ninguno.

-Es difícil ver mucho viviendo en una jaula.

El canario se sacudió las plumas y observó con ojos inquisidores al inesperado visitante.

-Iba a preguntarte por dónde has entrado, pero supongo que por la ventana.

-Exacto.

-¿Y qué has venido a buscar?

-Tranquilo –dijo el búho percibiendo el temor en la voz del canario-. No he venido a comerte.

-¿Comes pájaros? –preguntó en un grito el canario.

-Claro –respondió el otro con toda naturalidad-. Soy un búho, y los búhos comemos pajarillos como tú, y ratas, conejos, caracoles, culebrillas, ratones... Vamos, que le hacemos ascos a muy pocas cosas.

El canario, sobrecogido, reparó en el pequeño pero sólido pico ganchudo, en las enormes uñas y, sobre todo, en la estremecedora mirada de aquellos redondos, brillantes y grandes ojos de color amarillento.

-Y si no has venido a comerme... -inquirió sin estar muy seguro de ello-. ¿Qué has venido a hacer aquí?

-Hablar contigo.

-¿Hablar? ¿No tienes ahí fuera a nadie para hacerlo?

-Muchos. Pero no se trata de cuántos, sino de quién.

-¿Y por qué deseas hablar conmigo? ¿Qué deseas decirme?

-Por partes: contigo porque lo necesitas o, quizá sería más correcto decir, porque es necesario que conozcas algunas cosas. Y el qué deseo decirte es precisamente eso que desconoces.

El canario no dijo nada. Se limitó a mirar, ya sin temor, aquellos inmensos ojos, intentando averiguar qué quería decirle y con una incierta sospecha de que aquello fuese una broma o la simple chaladura de un pajarraco de aspecto aterrador y voz de barítono. Finalmente, tomo aire y preguntó con desconfianza:

-¿Y cómo sabes tú que me hace falta saber esas cosas que dices?

-Porque he escuchado algunas de las conversaciones que días atrás has mantenido con un mosquitero.

-¡Ahora lo entiendo! –repuso abanicándose el rostro con un ala como queriendo alejar un mal recuerdo-. Ése pájaro indiscreto y maleducado no se ha conformadocon aburrirme con sus tonterías y ha tenido que ir voceando por ahí...

-No, ni ha voceado vuestras conversaciones ni eso que te decía eran tonterías.

-¿Ah, no, no eran tonterías? –preguntó desafiante.

-No –respondió firmemente el búho.

-Bueno, si tú lo dices... Para mí sí lo eran, y con eso me basta –le miró fijamente-. Y si no te lo ha contado... ¿cómo sabes que hemos hablado y lo que hemos hablado?

-Te sorprenderías de lo desarrollado que los búhos tenemos el sentido del oído.

El canario calló de nuevo, examinando con curiosidad los penachos de plumas que surgían a ambos lados de la cabeza de la espeluznante ave.

-No te confundas –dijo ésta adivinándole el pensamiento-. No son orejas. Nuestro oído es interno.

El cantor no pudo evitar un respingo de asombro.

-Los búhos no somos aves corrientes, amigo –pronunció taladrándole con la mirada-. Tenemos fama de misteriosos, de intrigantes... de sabios. Y es cierto. Sobre todo, lo último –hizo una pausa y no esperó respuesta-. Por eso estoy aquí, para transmitirte conocimientos que muchos desconocen y que la mayoría de los que los conocen no sabrían explicarte.


El canario parecía haberse petrificado. No podía apartar los ojos de aquellos ojazos amarillos que le helaban la sangre. Resultaba inútil que le pidiera que guardase silencio: no podría haber dicho nada aunque lo hubiese deseado. Se sentía como paralizado por aquella intensa mirada y por la rotundidad de aquella voz grave.

-Dijiste al mosquitero que naciste en esta jaula, al igual que tus padres, que tus abuelos, que el resto de tus antepasados. Quisiste decir con ello, porque lo crees sinceramente, que los canarios vivís en jaulas desde que vuestra raza fue creada, es decir, que fuisteis creados para vivir en cautiverio –agudizó la intensidad de su mirada-. Lamento decirte que estás totalmente equivocado. Los canarios fuisteis creados para vivir en libertad, al igual que todos los animales de este planeta –realizó una breve pausa antes de continuar-. ¿Sabes una cosa? El nombre de tu especie proviene de estas islas, porque desde hace unos días, desde que llegaste en compañía de esa mujer que es tu dueña, estás viviendo en una de las llamadas por los humanos Islas Canarias.
<<<<<<Ésa es la historia. Ya la conoces. Lo que te cuento ahora es la reflexión: no sólo os privaron de la libertad, un bien tan preciado que no puedes entender porque nunca la has vivido. A la vez que os niegan esa libertad os niegan el derecho a decidir y os condenan a la esclavitud, a la dependencia. No puedes volar a tu antojo, no puedes comer lo que te apetezca, no puedes dormir donde desees. Os han extirpado la voluntad. Os han convertido en objetos para satisfacer sus caprichos. No sois pájaros; sois un bello bulto de plumas hermosas que decoran sus casas.

Siguieron unos minutos de silencio, en los que ambos se miraron a los ojos; el búho, con la tranquilidad que proporciona el trabajo bien hecho; el canario, con el confuso desconcierto que producen las noticias inesperadas. Al cabo de ese tiempo, este último preguntó:

-¿Para qué has querido contarme todo esto?

-Porque es mi deber informar de la verdad a aquéllos que la desconocen.

-Y suponiendo que crea todo lo que has dicho, ¿qué esperas que haga?

-¿Yo? –inquirió en una sonrisa mordaz-. Yo no espero nada. Me gustaría que reaccionaras, pero eso ya es cosa tuya. Yo he reaccionado ante tu ceguera viniendo hasta aquí y contándote lo que te he contado.

-Te gustaría que me fugase de esta jaula y que viviese en libertad, ¿no es cierto?

-Claro que me gustaría, tanto por ti como porque supondría un ejemplo para otros pájaros presos y un paso hacia la justicia, hacia la normalidad.

-Mi vida siempre ha sido así. ¿Por qué cambiarla?

-Para llevar una vida mejor.

-Nunca he pisado fuera de esta jaula. No sabría vivir fuera.

-Si no lo intentas jamás lo sabrás.

-No creo que sepa volar como los demás pájaros. Mis alas... mis alas estarán atrofiadas.

-Tendrías quien te ayudase.

El cantor bajó la mirada y se perdió en confusas meditaciones. El búho entrecerró sus enormes ojos amarillos y se sumó, en silencio, a la meditación.

-Siempre he vivido aquí –dijo rato después, con voz apagada y tranquila-. Aquí me siento seguro. Admito que dependo de esa mujer para subsistir. Admito que quizá sólo me quiere para deleitar sus oídos y presumir ante sus amistades. Admito que si un día ella lo desea me moriré de hambre y de sed, incluso que me regale o me tire a la basura cuando mis trinos no sean tan puros. Pero no quiero la libertad. Me he acostumbrado a esta cárcel.

El búho no pudo disimular un destello de tristeza en su mirada.

-Yo he cumplido mi misión –dijo-. Eres libre de decidir. No obstante, te permitiré una oportunidad de reflexionar más íntimamente, de cambiar de decisión y de llevar a cabo esa decisión si así lo deseas.

Y cerrando su garra en torno a la puerta de la jaula la abrió y la fijó para que permaneciera abierta. El canario miró la puerta abierta de su jaula, aquel pasadizo a la libertad. Su pecho se hinchió y un suspiro ardiente brotó de su pico entreabierto.

-Suerte en tu decisión –dijo el búho por toda despedida.

De un brinco alcanzó la ventana entornada. Y batiendo sus alas con solemnidad se confundió con la noche.

VI

El público de cada mañana festejó ver aparecer en el alféizar de la ventana al admirado cantor. El concierto comenzó con un tinte de melancolía, pero pieza a pieza fue adquiriendo la fuerza acostumbrada.
Al finalizar, los vítores se dispararon. El canario tuvo que hacer más reverencias que nunca. Desde el palo superior de su jaula contempló a sus admiradores como un emperador contempla a sus súbditos. Había pasado una noche muy inquieta, muy dubitativa, pero sus dudas acabaron cuando al amanecer su dueña descubrió la puerta abierta y, lanzando un aullido de terror, la cerró y, pegando su carnosa nariz a los barrotes, le expresó sus disculpas por el descuido, su miedo a que se pudiera haber escapado y su alegría por comprobar que seguía allí, en su "casita".
Él reconocía que en el momento de ver su puerta cerrada nuevamente sintió remordimientos de no haber aprovechado la oportunidad de ser libre, pero los remordimientos duraron eso: un momento. En cuanto vio sus piloncitos llenos de agua y de comida, se le olvidaron las penas. Ahora, ante sus fans, se alegraba de la decisión tomada. Le seguían admirando, siempre le admirarían. Jamás había tenido un público tan numeroso, tan fiel y entregado. Nunca pasaría frío, ni calor en exceso. Y además tenía una ventaja sobre todos aquellos que vivían en libertad, porque a él no se lo comería ningún gato, ni ningún perro, ni... ningún búho, porque, ¿quién le aseguraba a él que el búho que se le presentó en la noche no quería convencerle de que se escapara para zampárselo?
En estos pensamientos estaba cuando la pequeña y escurridiza figura del mosquitero hizo su aparición.

-Vaya –dijo el canario-. ¿Ya estás aquí?

-Ya lo ves.

-¿Y qué quieres?

-Felicitarte. Y decirte que ha sido un placer conocerte.

Sin prestarle mucha atención, el canario se movió de sitio para poder ver a la alpispa, que desde su rama en el sauce meneaba la cola como demostración de su admiración.

-Eso suena a despedida –dijo el cantor dedicando una sonrisa a la alpispa.

-Porque lo es.

El canario le miró de reojo.

-¿Te vas? –preguntó.

-No, yo no.

El canario dedicó una reverencia a la alpispa y volvió la vista al mosquitero.

-¿Entonces?

-El que se va eres tú.

Los ojos del canario se abrieron como platos.

-¿Qué quieres decir? –inquirió con ansiedad.

-Que hoy mismo te irás. Posiblemente enseguida. Tu dueña ha pagado la estancia hace un rato, y por la ventana de su dormitorio acabo de ver que sus maletas están hechas.

El canario sintió que la mente se le nublaba.

-Pero... pero... -farfulló-. ¿Por qué?

-Eso díselo a ella –respondió el mosquitero-. Pero no pienses que es malo. Casi todo el mundo lo hace en este edificio: están una semana, dos, cuatro... pero todos acaban yéndose.

-Pero... pero... -continuó el canario sin saber qué más decir.

-¿Es la primera vez que te sucede? ¿Nunca antes tu dueña había estado de vacaciones?

-Sí... pero...

-¿Qué te ocurre? –preguntó el mosquitero al ver su desazón.

-Que no quiero irme... que quiero quedarme más tiempo aquí...

-Has tenido la oportunidad de quedarte el tiempo que quieras.

El canario clavó en los ojos del mosquitero una mirada angustiada.

-¿No te habías dado cuenta? –preguntó el mosquitero.

En la mirada del canario descubrió la fatal respuesta.

-¿Qué te pensabas? –preguntó el mosquitero-. ¿Qué me acercaba hasta tu jaula para molestarte? ¿Qué te decía lo que te decía sólo para burlarme de ti?

El canario le observaba sin emitir palabra alguna.

-Ayer por la noche tuviste la oportunidad de estar a este lado de la jaula –dijo el mosquitero con infinita ternura-. La oportunidad de ser libre.

El ruido de la puerta de la sala al abrirse llegó al tiempo que la voz de la mujer.

-Adiós –dijo el mosquitero-. Buena suerte.

Y se lanzó al vacío en dirección al cielo. El canario también se elevó en el aire, pero dentro de la jaula que la mujer tomó para introducirla en la vivienda. Lo último que el canario vio fue la mirada interrogante de la alpispa, que ya no movía la cola. Profiriendo un trino desgarrador, el canario se abalanzó contra los barrotes, lastimando su pecho amarillo.
Después, la jaula fue metida en una caja de cartón que se colocó junto a las maletas.

FIN

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